Eterna Marea

jueves, octubre 05, 2006

Camino a Casa







“Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos inmortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo.”

Jorge Luis Borges




“Vosotros sois dioses y haréis cosas más grandes que yo”

Jesús de Nazareth







Camino a casa




Si sientes que te abruma la carga de los días iguales
y te asfixias de tedio frente a las evidencias inmediatas,
y sueñas que los sueños no son más que fantasía,
y dejas de creer en el maravilloso
poder de la palabra,
y supones que todo será eterno,
sencillamente estás equivocado.
Eso es pura ilusión.
Fantasmas que dibuja una mente prisionera de la noche
sobre el pergamino de tu alma
cuya última esencia es la ignorancia.
Las cosas son así:
no se entiende un Copérnico
sin que hubiera existido un Ptolomeo.
La vida son círculos concéntricos en perpetua expansión
que se organizan como ciclos superpuestos
igual que nervaduras en los árboles.
Los ciclos de esos ciclos los determina el tiempo,
ese magma insondable en el que fluyen los seres y las cosas.
Es decir que estás equivocado
cuando le otorgas excesiva importancia
a lo que ocurre al lado tuyo,
o tú crees que ocurre porque así lo perciben
unos sentidos torpes, disminuidos,
adormecidos por la fiebre tecnológica.
Pero tú sabes, porque ya lo has visto,
que todo nace y muere para nacer de nuevo.
Amaste, has sido amado,
te protegieron y te abandonaron,
has sido víctima y verdugo,
perseguidor y perseguido,
homicida y cadáver.
Y nada de eso ha logrado separarte
de ti mismo, criatura atribulada,
porque te han programado en el origen
para encontrar las señas del camino
cuando fuere necesario que regreses.
Y, aunque te resistas a creerlo,
a pesar de que a veces te parece
que te ahogas en las aguas feroces de este tiempo
-que si recuerdas bien ya fue anunciado-
ha llegado el momento del retorno.
Ya hemos doblado el lomo del libro de los días.
Vamos camino a casa.




Divina voz



Sácate de los hombros la mochila de miedo
que te han ido cargando desde niño
con la letra que mata del mandato.
La estructura simbólica del mundo
que han proyectado en tu mente esas palabras
-¡ah palabras, mágicas palabras!-
no es más que un espejismo en el desierto.
Han sabido vendértela ancestral,
pero en verdad te digo que es apenas
un ínfimo suspiro del corazón del cosmos.
Exhala largamente el aire aculado en tus pulmones
e inspira ese alimento primordial
que la gracia universal te ha concedido.
Cuando logres vaciar el cuenco prodigioso
de tantas ignorancias que han perdido sentido
fluirá cristalina el agua milagrosa
del conocimiento verdadero.
Ya has visto demasiado la evidencia
externa de la vida,
Ahora debes regresar a la caverna
para poder apreciar con claridad
la unidad primigenia de todos los opuestos.
Entonces escucharás tu propia voz
cantando una canción de indescriptible
belleza y armonía.
Esa es la voz de dios.



Poder




Lennon te preguntaba si podías
imaginarte un mundo sin posesión alguna
y aún no le has dado una respuesta.
Todo es ilusión
menos el poder
sobre ti mismo.
Las cosas, los demás,
son los espejos sobre los que te miras.
El cristal incandescente de la tierra,
el fuego que nunca se consume
y la grácil dama de la noche,
son tus tres alimentos necesarios.
Deja que la tormenta limpie el aire
y entrégate al poder del agua universal.




La hora de la desilusión




Esta es la hora de la desilusión.
Eres un prisionero de las cosas
que crees ver fuera de ti.
Eso es lo que encadena tu conciencia
y te pone a merced de los demonios.
Eso es lo que te ancla en la niñez
como a una esfera fija en el río del tiempo.
El tiempo es infinito en el instante,
como dijo el de Efeso
y en el fluye la sangre de tu sangre.
Lo que es fue y será,
pero siempre en distintos estados y frecuencias
girando sobre un eje que se expande
hasta regresar a la unidad.
Esta es la hora de la desilusión.
Tienes que domar tus pensamientos
y ponerlos en línea con ese orden sagrado.
Cada uno es un templo profanado
por los siete jinetes
montados en las bestias del espejismo humano.
Esta es la hora de la desilusión.
Tu libertad consiste en descubrir
lo que te corresponde en este juego.
La radiante energía
te indicará, sin duda, el camino a seguir.




Ahora eres tu padre




Has aprendido todo lo que sabes
a partir de las ideas de los otros.
Ha sido necesario
para llegar aquí
y comprender que saber es recordar.
Sus mentes te proyectaron con amor y con odio,
con sapiencia y prejuicios,
con premios y castigos,
porque no conocían otra cosa.
Todo eso es arcaico.
Ahora eres tu padre.
En las reminiscencias de tu alma
está la información que necesitas
y más aún. Y más. Y más.





La tos



“Ciento cuarenta y cuatro
es el número de la conciencia”
dice la voz que te habla desde la yema de los dedos
cuando buscan los signos de las interrupciones
bruscas de la lengua
hasta que se acaricien la niña
de los ojos como ¿qué?
Otra vez la traba que te traga,
te ahoga, te sofoca, te desplaza del eje de tu alma
y hace que te imagines desamado.
Pero ¿a quien le interesa todo esto?,
te preguntas, sin sospechar siquiera qué cosa
se atesora cuando uno no quiere sino ser la palabra
de quién o de qué cosa estábamos hablando.
Un dialecto de barbitúricos para escribir insensateces
brotará de tu lengua si no escuchas
lo que te estás diciendo desde hace tanto tiempo
y no terminas de creerte como un necio.
Escríbete tu historia con minuciosa letra
y paciencia de monje tibetano
hasta que te sorprendas del misterio
que se esconde en la esencia de tus células.
Allí está todo lo que seas capaz de imaginar
en la suma de todos los sueños de tu vida.
Nada existe en el mundo si antes no estuvo en ti.
Ninguna novedad te llegará de afuera
si no estás preparado para recibirla
en el fondo de un corazón agradecido
a tanta maravilla
que navega en el tiempo
en busca de su propia perfección.
Observa las estrellas, y no dejes de hacerlo
hasta que puedas escuchar el divino susurro
de las danzantes esferas.
Es la clave secreta para abrir las compuertas del silencio
y dejar que se esfumen los fantasmas
que conseguir supimos en tantas estaciones olvidadas.
Un número que abriga la luz de las estrellas
y el movimiento eterno de los astros azules
y la temperatura de los muslos de la que te completa
mente arrulla cuando el rayo que parte te hipnotiza.
Pronuncias esa cifra y se abre tu garganta,
se ensanchan tus pulmones, te afirmas en la tierra,
se alistan en la línea de largada los pingos pensamientos,
la popular estalla de entusiasmo
pero entonces la tos.
La tos que te traiciona.
La tos que una vez más te sacrifica
en la hoguera de la autodestrucción.
Y el juego no termina jamás, ya lo sabemos.




Lo innombrable



Lo que no puede nombrarse
es la poesía.
El poema es el número
indispensable de palabras
capaz de contenerla y exaltarla
a través de su esencia
de energía lumínica.
El poeta el guerrero
espiritual infatigable
que busca en el mar de los instantes
su aliento prodigioso.
No busques esa luz fuera de ti:
arde en tu alma
como lo hacía en la noche de los tiempos
y arderá para siempre.
Para siempre jamás.




Ver para creer



No vemos las cosas como son
porque las cosas no son como se ven.
Vemos las cosas como somos
y no somos solamente lo que vemos.
Los ojos de la mente siempre ven más lejos
y qué decir de los del corazón.
Ver para creer
dicen la mente ciega y el alma
atribulada por la forma exterior de la materia.
De tanto ver la manifestación
temporal y espacial de la energía
te hundes en un pantano de tinieblas.




Ego te absolvo



No hay crimen ni pecado,
no hay culpa, no hay arrepentimiento,
no hay juicio al principio o al final
no hay otra cosa que campos resonantes
en los que la energía se vitaliza
para cumplir su ley.
Absuélvete
y emerge hacia las nubes
como un halcón de deslumbrante luz.
Ego te absolvo,
debe pronunciar tu tribunal
si quieres liberarte del pasado.
Ese es un traje viejo que ya te queda chico.
Para entrar al jardín que nos aguarda
debes andar liviano
y reírte con ganas del drama emocional que te encadena.




Puntos de vista




Hay tres puntos de vista con relación a lo divino:
el que piensa a través de lo que cree,
el que piensa que no cree,
y el que cree a partir de lo que piensa.
El primero, a pesar de parecer devoto,
es en extremo impío
porque no puede desembarazarse del manto de tinieblas
que lo envuelve desde la confusión de los días.
El santo irreflexivo está literalmente
prisionero del diablo
que le canta melopeas al oído
y lo acuna como si fuera un niño.
El segundo es quien más merece amor,
porque está en la línea de combate
y corresponde homenajear a los valientes.
El último de ellos es el castillo del futuro
que se va dibujando en los escombros de la cruel Babilonia
para anunciar la segunda creación prometida en el libro.
Y tu libre albedrío
deviene de que puedes adoptar cualquiera de ellos.




Temor a dios




Te han inoculado minuciosamente el temor a dios
desde los mismos templos erigidos en su honor
por los emborrachados del poder.
Para ellos, dios es alguien que está fuera de ti
observando implacable cada uno de tus actos
para emitir después algún juicio al respecto.
Te juzgas porque te juzgaron
desde que desembarcaste en este mundo
los que fueron juzgados a su tiempo
y así fueron por generaciones
multiplicando la ignorancia humana.
Nadie te está mirando especialmente:
no eres tan importante.
No hay nadie allí espiando
y pronto a castigarte si no sigues las reglas.
Por más que busques en todo el universo
no encontrarás a dios fuera de ti.
Todo está en ti:
lo grande y lo pequeño,
la miseria y la gloria,
el criminal serial y el santo anacoreta,
el destructor y el niño, el varón y la hembra,
lo dulce y lo salado.
Eres parte de dios, del uno eterno,
porque al fin y al cabo eres el único que te está mirando
así que deberías aprender a perdonarte
si quieres aprender en esta vida.
¿Quién pudiera juzgarte si nadie te conoce,
ni siquiera tú mismo, que apenas has hurgado
en dos o tres rincones de tu mente?




La reina roja



Ella llegó desde otro mundo
con sus manos pequeñas colmadas de presentes.
Ataviada de lujos dignos de su corona
y la elegancia misma dibujada
en su rostro de niña,
derramó sobre ti el aceite sagrado
y te dio la eucaristía de sus besos
para que recordaras.
La habías amado antes.
Se habían amado antes.
Siempre la conociste
aunque la hubieras olvidado.
Ella vino a tu vida
en el momento justo,
cuando fue menester que te quitaras
el velo opaco que nublaba tus ojos
y empezaras a ver los infinitos
universos que bailan en el cosmos.
Ni antes ni después:
cuando fue necesario y estuviste
preparado para recibirla.
Ella tiene el designio de la madre de todos
y te ha elegido a ti
para que juntos siembren la semilla
de una raza de atlantes
que viajará por las estrellas.




Aguilas cósmicas



Este es el tiempo en que las águilas se reúnen
para mostrarnos la conciencia galáctica
que ellas vislumbran con sus ojos sin velo
mientras surcan los cielos con las alas abiertas.
Hijas dilectas de Júpiter,
se han despertado para transformar
las mentes de los entorpecidos
por la visión errada.
Sus plumas mágicas azules
dibujan una coreografía
de armónica belleza inigualable
para que cante el corazón del mundo.
Has engendrado una progenie de águilas
y ahora ellas te muestran el camino.
Obsérvalas. Protégelas.
Que aprendan a llenar sus propias copas
para que florezca la abundancia de todos.
Y recuérdales lo que advirtió Confucio:
que no pierdan nunca la inocencia
con que han sido creadas.




Misterio



Busca lo infinitamente pequeño
y encontrarás una frontera
infranqueable en apariencia.
Más allá de ella, sin embargo,
hay otras realidades que la ciencia
conoce con el nombre de partículas X.
Contempla lo más grande que puedas concebir
y llegarás también a una frontera
que tu imaginación estima insuperable.
Pero detrás de ella hay otra cosa
de la cual el hombre tiene el sueño
como ya ha sido dicho.
¿Por qué hay algo en lugar de nada?
Podemos conocer cómo ocurren las cosas
pero nunca el motivo primordial
que las informa en el mar del universo.
Si el pensamiento no es una forma de energía
¿pudiera acaso crear la realidad?
De hecho lo hace a cada instante
como puede fácilmente comprobarse.
Ahora es cuando
“todo lo sólido se desvanece en el aire”
y sólo disponemos de dos vías
para ingresar en tales territorios:
lo absurdo o el misterio.
Lo que llamamos vida
es una imperfección de la unidad
que fluye eternamente
en dirección a la perpetua simetría.




Escuchas



Escuchas esas voces que te amaron
llorar por el desgarro de una ausencia
que, más presente que nunca,
quema en sus corazones.
Escuchas otras voces imparciales
que ordenan estrategias de crisis
y susurran, discretas, su fatal impotencia.
Comprendes claramente lo que dicen.
Quisieras responderle a todas ellas
pero tus labios permanecen cerrados
como las puertas de la ciudad sagrada.
Te ahogas en tus aguas
y nadie puede verte bracear desesperado
entre las grandes olas sin remedio.
Silencio es lo que pides.
Una caricia, un verso, una canción,
para viajar sin miedo
hacia la patria incógnita.




La quinta nota



Cuando la quinta nota irrumpe
en el silencio de la medianoche,
vibras en armonía con todo lo que existe
porque así lo dispone tu código genético.
Perteneces al clan de la verdad
y te alienta la estrella planetaria
a refinar la flor de la elegancia
con tu oculto poder de simio saltarín.
Te deleitas con los frutos exóticos
y nunca brillas más que cuando bailas
en el círculo ígneo de la amistad humana.
No te duermas.
No dejes de buscar tus compañeros
porque sólo con ellos
hallarás el camino hacia el jardín dorado.
Humildad y soberbia
Te convocan alternativamente
para que experimentes la separación
y sientas que estás solo de toda soledad.
Cada uno tiene el desafío
de superar su propia dualidad
a fin de merecer la bendición
de volver al hogar.




Hijo del viento



Eres hijo del viento y el te guía
a lo largo de toda tu existencia
para que cumplas tu mercurial destino.
El viento es tu herramienta necesaria
si quieres esparcir semillas de tu estirpe
en las arenas frías del ocaso.
La energía que te complementa
proviene de la reina de la noche
que danza alrededor de nuestra casa
para purificar todas las cosas.
Si estás despierto,
conocerás el juego que te inspira
a trascender todas las ilusiones.
Y tu mayor maestro,
precisamente porque se te opone
y no es condescendiente con tus trampas,
es la esfera que ardiendo nos abriga.




Oráculo



Estamos a las puertas del castillo encantado.
Transitamos las vísperas de un sueño inconcebible
aunque a veces parezca que la noche
se hundirá en ella misma
como una embarcación fuera de rumbo.
Hay orden en el caos
porque coinciden las fuerzas divergentes
en un común propósito,
incluso si no fueran conscientes de tal cosa.
Estamos a las puertas
y ya podrías verlas si aguzaras la vista.
Pero debieras ser muy cuidadoso
en el último tramo del camino.
Si el joven zorro se precipitara
y el hielo en el que pisa no es seguro,
podría mojar su cola y fracasar.
Reflexión y cautela
son requisitos en tales circunstancias.
Demasiada paciencia has demostrado
en este largo viaje
para que la imprudencia te traicione
cuando está por culminar la travesía.




Imago mundi



Allí donde tus ojos miren
verán siempre el principio del cuatro
modelando la forma de la vida que fluye.
El cuatro es quien gobierna
todas las cosas en la naturaleza.
Contiene en sí el círculo sagrado,
estaciones, horizontes, apocalípticos jinetes,
apariencias de la nívea señora,
el ciclo entero del parto hasta la muerte.
Ese número organiza el universo
y los sabios que han sido
lo supìeron por los siglos de los siglos.
Cuando te abrumen los crudos estertores
de la edad de hierro que culmina,
recuerda que también se derrumbaron
los imperios que la precedieron.
Ya lo cantó Virgilio.
Ya lo anunciaron las benditas sibilas
y los oráculos de todas las culturas:
el águila dorada volará nuevamente.




Ego



Ahí esta ¿lo ves? Agazapado
detrás de las cortinas de tu condicionada
mente repleta de sandeces bien asimiladas
desde que desembarcaste en estas costas ilusorias
en las que sólo cuenta una parte de ti.
No siempre puedes reconocerlo.
Astuto prestidigitador,
intenta sorprenderte con múltiples disfraces
y ademanes por demás condescendientes
con el objetivo de desconcertarte
y enredarte en su trama de prejuicios.
No escuches sus cantos de sirena.
Déjalo que murmure sus habituales sonsonetes
y de ningún modo aceptes sus caprichos.
Obsérvalo. Vigílalo. Analízalo.
Una vez que lo tengas en la mira,
diviértete con él y dile adiós.




Girasol



Mira esa corona dorada que se abre
devotamente agradecida
a la energía estelar,
perfecta y luminosa como lo que la nutre
y exalta de armonía.
Observa el nacimiento de sus sutiles rayos
desde el centro fecundo
en el que se congregan las semillas.
Podrás ver una forma organizada
en espirales de dirección opuesta
cuyo cociente es el número de oro.
Idéntica estructura,
donde todos los ángulos se espejan
en innombrable numen,
informa a todo lo creado.
Lo que está en lo pequeño está en lo grande.




Agua y fuego



La luna la gobierna con destreza
para que nunca deje de fluir,
tal cual es su carácter primigenio,
y cumpla su misión de disolver
purificando las cosas y los seres.
Para el agua estancada,
el único remedio es el agua que corre
y libera sus mágicos cristales,
vehículos perennes de la luz.
En ella has navegado para llegar al mundo
y tú mismo no eres otra cosa
que agua en buena parte.
Cuando ella te acaricia
regresas al origen
y recuperas la esencia de este juego.

Hijo del que conduce el carro de oro,
el fuego es quien transforma
lo denso en lo sutil.
Maestro de la alquimia de la naturaleza,
consume la apariencia externa de la vida
para elevar a sagrado lo profano.
Cuando el fuego se extingue,
el único remedio es suplicarlo
a su fuente infinita
y conservarlo con pasión prometeica.
Te ofrendas a su roja hechicería
para bailar la danza del destino
y cantar la cantiga de la resurrección.

Tu imagen es el fuego sobre el agua.
Dos fuerzas que se mueven en dirección contraria
por lo que deben ser bien ubicadas
si pretendes que maduren sus frutos.
La buena inteligencia de las cosas
consiste en ubicarlas en su lugar correcto.
Cuando disciernes entre las jerarquías,
conoces el secreto
y puedes ver cada rincón del cosmos
desde el rayo que parte de tu centro.




Eclipse



La sombra de la reina encantada
te permite que veas la dorada corona
que ciñe a nuestra estrella
con una nitidez maravillosa.
El anillo magnético por el que el sol respira,
recibe y da energía,
no puedes percibirlo habitualmente
porque la misma luz que te ilumina
limita el poder de tus sentidos.
Sin embargo está allí para decirte
que todo tiene un centro del que irradia
la exacta información que necesitas.
Si la miras de frente,
si te abres a sus claros mensajes,
verás como despega tu razón razonante
del helado universo de la evidencia física.
Cualquier conocimiento verdadero
emerge de esa fuente
y se planta en el medio del corazón del hombre.




La puerta



Hoy es el día en que se reúnen los amantes
debajo del tapiz de las estrellas
a compartir los vinos y las mieses
y celebrar la eterna ceremonia.
De la sagrada copa
beben la pócima sublime
y festejan la gloria del cristal.
Hoy es el día en que la corte se congrega
alrededor del fuego,
como si dibujaran la rueda de la vida
tomados de la mano.
Hoy se alinean los astros en el cielo
para abrir una puerta prodigiosa
hacia la tantas veces presentida
Jerusalem celeste.
Hoy es el día.
Y tú has sido invitado especialmente.






El Vampiro

EL OFICIO DEL HOMBRE



El trabajo del hombre es recordar.
Apenas si distingo al espectral jinete
que vaga por senderos polvorientos
camino a una indulgencia luminosa.
El oficio del hombre es recordar.
Hay quienes aseguran que me han visto
atravesar las puertas que Hércules custodia
a bordo de una nave de otro mundo
en la que huíamos de la gran destrucción.
Dicen que esa tripulación de desterrados
esparció por las costas del mar madre
las cenizas volcánicas azules
de las que el ave resucitaría.
Eso dicen. Yo ya no lo recuerdo.
¿El destino del hombre es olvidar?
¿Fui a Delfos a buscar la palabra prometida?
¿Lapidé con los necios al profeta
que rasuró su lengua en el desierto
para hablar sin mentiras?
¿Adoré al macedonio en Babilonia
o ladré con el perro del Egeo
cuando escuché la nueva del fin de su soberbia
en la jornada justa, como estaba previsto?
¿Fui mercader de almas, meretriz en Egipto,
hetaira del aeda, hermafrodita en Persia,
esclavo en Abisinia, escribidor en Creta,
marinero en Cartago?
Imposible saberlo con certeza
porque el karma del hombre es olvidar.
Una vez más, la desnudez de Némesis:
esa página en blanco en apariencia
pero en verdad colmada de sentidos
que habrá que interpretar -piedra de Sísifo-
si no se quiere traicionar el mandato.
Olvidar, recordar. Recordar, olvidar:
así es que se escala la montaña.
El que trae el olvido es el vampiro.
El se lleva en un beso -amante posesivo-
la sabia savia que trajimos al mundo.
Vacíos, sin más ojos que los dos
que registran la evidencia inmediata,
somos los aprendices del oficio celeste.
El alumno de amor
tendrá que dominar las herramientas
del dar y el recibir
si pretende graduarse
en la peripatética experiencia.




EL VAMPIRO



Soy el vampiro.
La criatura insaciable
que reclama lo más rojo de tus aguas,
la leche milagrosa de tu cuerpo,
el abrir y cerrarse de tus poros,
la rendición sin condiciones
de cada plaza en armas
en toda la extensión de tu existencia.
Soy el vampiro.
El monstruo que quisiera esclavizarte,
hipnotizar tus células,
tocar en las cuerdas de tu pubis
el concierto inaudito,
inundar tu materia con el alcohol celeste
que mana de mis ojos:
promesa de la hoguera que te aguarda.
Soy el vampiro.
Ni pienses en soñar con otra cosa
que aquello que mi sueño te autorice.
No tendrás tregua:
el sitio que he ordenado será eterno.
Un rayo incandescente
caerá sobre ti cuando me olvides.




LA HUMEDAD DE TUS ATOMOS



Te siento antes de amarte.
Te conocí por dentro
a través del canal
abierto entre nosotros
como un big-bang irrepetible.
Mi corazón latió
con el ritmo cansino y amoroso
que tu estrella marcaba.
Escuché antes que nada
el murmullo celeste
que corría en tus venas
como un río de astros.
Mis manos, tan pequeñas entonces,
tocaban la humedad de tus átomos.
Tu pezón en mi lengua
era el centro de todo
y no habrá otro sabor
que así me embriague.
Te veía al revés cuando era ciego.
Te fuiste delineando ante mis ojos
como un sol que surge de la bruma.
¿Te siento antes de amarte
o te amo incluso antes de sentirte?




TE ASPIRO AÚN



Te aspiro aún
en el tabaco negro
que encorva mi columna vertebral,
entorpece mi canto
y embota la luz de mis neuronas.
Te busco entre mis labios.
Humedece mi saliva tu distancia
para recuperarte en el momento
en el que fuimos los dos un solo ser.
Te enciendo con mi lumbre
para que me envenenes
de amor una vez más.
Te consumes en el fuego sin llamas
y te vuelves ceniza enamorada
que derramo en las mesas de este mundo
y en el torpe vestido que me cubre.
¿Te apagaré algún día?
¿Te alejaré de mí
para saber aquello
que soy al margen tuyo?
¿Encontraré por fin en la intemperie
la piedad necesaria
que supla el alimento que añoro todavía?




TU MANO COMO UN RAYO



¿Sentiste mi dolor inaugural?
¿Escuchaste mi aullido en tus entrañas?
¿Lo distinguiste de tu propia condena?
¿Incomodé tu sueño?
¿Amor se marchitó?
¿Quisiste protegerme en ese instante
o acaso que acabara
la tiranía de mi indefensión?
¿Me abrigaste a causa de un mandato
o fue tu mano al vientre
como un rayo más rápido que el tiempo
que surgió desde no sabes dónde?
¿Fue ese dolor nuestra primer distancia?
¿O la herida que lacró nuestra sangre?




NI LA NOCHE NI EL DÍA



Ni la noche ni el día
eran en la tibieza de tu casa.
Ni el hambre, ni la sed, ni la tormenta,
ni el desasosiego del recuerdo
conocí en tu morada.
¿Quién escribió la ley
que nos expulsa de tierra prometida
y nos arroja a gélidos abismos
con la fáustica estrella
grabada en el plexo de la especie?
Cien mil veces maldigo
ese destino absurdo.
Quiero un mundo de casas como vientres
para que las criaturas
vivan la comunión.




ESTAS MANOS DE ANIMAL PREHISTÓRICO



En la seda fragante de tus pechos
coronados de un tibio caramelo,
en mi propio cuerpo virginal,
en las joyas perdidas
con que aprendí a jugar
y que me revelaron la extensión del ser
en lo que es nuestro
por derecho de deseo.
En el suelo donde se desarrollan
desconocidas civilizaciones;
en los muros que indican
los límites de la casa segura,
yo palpaba la experiencia divina.
Tu voz aguda
parecía olvidarse del amor
cuando exigías
que sacara las manos del peligro.
Nunca más fueron mis manos a las cosas
con la inocencia de las horas aquellas.
Mis manos se volvieron inútiles,
superfluas, como pájaros ciegos.
Estas manos de animal prehistórico
que aún buscan en la tierra
la esencia de la vida.




GLORIOSA DELANTERA



La manga de tu saco en el bolsillo
parecía un ardid o una ventaja
que tu poder inmenso me otorgaba.
Micheli, Cecconato, Lacasia, Grillo y Cruz,
abracadabra
que abría las compuertas
de tus ojos celestes.
Si hubiera visto desde aquella mirada
la brutal huella de la mutilación,
si hubieras confesado tu dolor,
acaso comprendiera más temprano
tu rabia incontenible,
la impotencia del que sabe que ha perdido
una parte de su vida sagrada
en una encrucijada inexplicable.
No morirá tu enojo impertinente
hasta que abraces el miedo de tu hijo.
Ven aquí: escribamos a dúo
la novela inconclusa.
Ayúdame a acabar con el veneno.
El piano marplatense
vibrará hasta el delirio de las aves
al ritmo del concierto a tres manos
que exprese nuestra sangre.




UN ANSIA DE INFINITO



Ellos venían por mí.
Palabra edulcorada y engañosa
manaba de sus bocas
como falsa moneda de mercado.
Tortura de la reiteración,
de la gota de agua que perfora
la piedra que los siglos esculpieron.
Un ansia de infinito
-luminosa ignorancia-
me dejaba a merced de las bestias.
Esta materia débil
que huye del dolor
es más fuerte, sin embargo, que mi alma,
ciudadela que se rinde ante el asedio
sin ofrecer batalla.
Las aves carroñeras buscaban alimento
en los despojos de mi risa inocente.
Pero estabas allí.
Para ofrecerme la tibieza del regazo
y peinar mis cabellos con tus dedos.
Para explicarme con el verbo de los ojos
que es eterno el amor
más allá de toda humillación.





TE ODIABA Y TE DESEABA



Tanto te odiaba
cuando, sentada junto al lecho
al cantar del gallo,
blandiendo la amenaza
de una suela de goma
-vigía en entresueño-
me secuestrabas
del jardín encantado
y me hacías leer
esos libros inútiles
que, a tu torpe entender,
me adiestrarían
para estar en el mundo
como un deber absurdo
nos impone.
Tanto te deseaba
cuando cepillabas la ceniza
grisácea que atabas en tu nuca
y ocultabas debajo del pañuelo
como un Boticelli que se niega,
para premiar mi esfuerzo
con un muy generoso
cucharón de ambrosía
que, después de hacer piruetas en el aire,
servías en la mesa
como un gran submarino azucarado.




LA DAMA QUE DANZA



Mi voz, a veces inaudible
y otras temeraria
como el rayo de Zeus,
no vibra aún como quisiera
en las cuerdas gastadas del piano
que navega en mi sangre
como un tesoro a la deriva
en el río leonado.
Mi voz se niega
a sonar en la caja de Pandora
que sostiene mi séxtuple cabeza.
Cuando la convoco
desde la base de la pelvis,
una ola gigante me acobarda
o el verdugo corta el cabo de la soga.
Me ahogo en tu distancia.
Me asfixio en el recuerdo de tu ausencia.
Me sigue persiguiendo
la dama de la pérdida del ser
que bailaba su danza aterradora,
de punta en blanco,
en el sueño infantil.




FUROR DE LUCIFER



Rugía un viento helado
en la noche sin tiempo
y batía como un ave portentosa
en los cristales a punto de estallar.
Relámpagos violáceos
trazaban diagonales en la esfera
de niebla donde aullaban
los astros ateridos.
Se astillaban los árboles
añosos a merced del látigo de fuego.
Los diamantes de hielo
llovían como alud de impiedad
sobre la melancolía de la tierra.
Mi maxilar temblaba ante el espanto.
Mis dedos ya sin tacto
buscaban el rescoldo de los tuyos.
Mi corazón latía como cuando
fui expulsado del Edén de tu vientre.
Tu mirabas, detrás de la ventana,
la escena del furor de Lucifer.




CANTAR DE GESTA



Mi Pegaso liviano y orgulloso,
mi Babieca de estopa y de cartón,
con su suave pelaje blanquinegro,
más dócil que las hadas,
me hacía poderoso en las llanuras
de aquellos arrabales.
Murmuraba en mi oído
las peripecias de un cantar de gesta
cuando abrazaba su cabeza amorosa
con gratitud sin mengua.
Mucho más que un caballo:
era una alfombra mágica,
un artefacto de la trasmigración,
una estrella fugaz,
un puente de arco iris
sobre el que cabalgaba el universo.
Reían tus hermanas
al verme cabalgar como Alejandro.
Reían las hormigas laboriosas,
las moscas insolentes
y las babosas que arrastraban su condena.
Los perros me miraban con recelo
y las aves huían asustadas.
Solo tú, detrás de aquella cámara,
comprendías la materia del sueño
y me incitabas a nunca interrumpirlo.




LA REINA ORIENTAL



Y entonces al oír la introducción
de un valsecito criollo y pasional
que en tu garganta cristalina suena
como un contrapunto bullicioso
entre todos los pájaros pampeanos
que traen desde tu nido
de gallinas, molino y leche fresca,
la voz de la uruguaya,
bendita entre todas las mujeres,
que soñaba y soñaba sin descanso
con amores lejanos
-dormida su belleza angelical-
mientras fregaba
inclinada en la tarde
la rutina de los días iguales
impregnada en las sábanas
de espuma
que almidonaba luego
con sus lágrimas sabias.
Intuía que sus manos de mañana
no tocarían las sortijas doradas
del trigo de mi frente.
Iré a buscarte con mi barba de nieve.
Y tú, mi dulce amada, temblarás.




CANTANDO



Despertabas al alba
y ordenabas los enseres del día
cantando una canción
de las cuchillas orientales.
Tus manos trabajaban con paciencia
harina, grasa y agua,
para inundar el aire
con aroma a pan fresco
cantando una milonga cadenciosa.
Peinabas el cabello de las niñas,
con las mejores galas las vestías,
y, primorosamente,
bordabas en sus almas
cantando Virgencita del Perdón
En las ollas enormes
de la cocina a leña
hervías el puchero prodigioso,
manjar de los manjares del Olimpo,
cantando Tus besos fueron míos.
Ninguna penuria de los días
envenenó tu sangre de amargura.
Jamás una angustia cotidiana
silenció tu alegría de calandria.
Sólo se secó tu manantial
cuando tuviste que negar tu semilla
y el dolor te llevó del otro lado.





DE TI QUE NO TE TUVE



De ti que no te tuve
heredé la pasión por las palabras
bellamente dispuestas
en renglones trazados con la sangre.
De ti que no te tuve
me viene el tarareo agradecido
que susurran mis labios
cuando empieza la fiesta.
De ti que no te tuve
inspiran mis pulmones
la savia del poema
que escribiré mañana.
Y de la que sí tuve
aprendí a mi pesar
a cuidar los centavos
que financian mi sueño.





DIALÉCTICA



Tu perfume a siesta veraniega
con picaflores aleteando en las magnolias
y copos leves de panes voladores
me concilia con la fiesta del mundo.
Y su olor a monedas escondidas,
acumuladas de crudas privaciones
dentro de los cajones de tu miedo,
.me revela el perfume del infierno.
Tu paloma vibrante como un trino
vuelve como aquellas golondrinas
a recordarme con dulzura de sangre
que de un viento errante somos nubarrón.
Y sus gastados ropajes campesinos,
de un luto que nunca se abandona
y arrogante ignorancia de lo bello,
me confirman el verso de Kavafis.
Tu luz amada y amorosa,
caricia apacible de los astros
que derramas gentil sobre el dolor,
me bendice
a través de la materia eterna.
Y su sombra insondable de prejuicio,
forjada en la pared de la caverna
donde dibuja la antorcha sus fantasmas
no me deja
despegar de la tierra.





TU REBELION



Te revelabas contra su tiranía
disfrutando la espuma
del mate tempranero
en tu rincón pequeño
como un nido
primorosamente decorado.
Resistías sus órdenes,
ciegas a toda dulce
refutación del sacrificio,
con ese temple de corazón amante.
Tu compasión
intentó preservarme
del presidio que ella custodiaba.
Ahora entiendo el amor
que te llevaba
a separarme
de la higuera y la parra
para que yo aprendiera
con los míos
la sustancia del juego.
Tuve que esperar que me dijeras
-con palabras que iluminan la noche-
que mi dolor
no había sido en vano.





LA CONDENA DE AMOR



No a todos nos es dado
contemplar cara a cara
la vida que palpita
detrás de la instantánea.
La foto que excluimos
del álbum que la memoria archiva.
Sólo el dolor
y sus leyes apenas intuidas
explican el ardid
que, acaso desde el hígado,
pusimos en escena
para borrar la huella
de lo que supusimos desamor.
Ya no sé si lo hubo
o no supe leer correctamente.
Sea cual fuere la verdad,
lo cierto es que te amo.
Si es necesario
estoy dispuesto a atravesar
la crucifixión de tu desprecio.
Iré a buscarte
como aquel que acepta la condena.
Tu ausencia es más presente
que cualquier otra cosa
en este corazón atribulado.




RECONSTRUCCION



No puedo recordar el timbre de tu voz.
Ni una sola palabra de tu boca
Ni un gesto que afirmara mi deseo
o lo negara al menos.
No puedo recordar si me quemaba
el nacimiento de tu barba
rasurada temprano con la vieja navaja.
No logró recordar caricia tuya
en los campos de trigo
de mi cráneo.
Ni la temperatura de tu tacto.
Ni una sola comunión entre nosotros.
Pero te reconstruyo en el recuerdo
de la casa de piedra en la montaña,
de las campanas que llamaban a muerto,
del terror frente a la dama blanca,
de aquellas sepulturas familiares
en la parte trasera de la iglesia,
de los hilos de nieve
que adornan tu cabeza inalcanzable,
del sereno mensaje
que escribían los ojos
más bellos de este mundo.





TU CODICIA INFINITA



Tan a merced estaba,
inocente de todo malandraje,
indefenso de ti,
de los colmillos
que en amistoso gesto
camuflabas.
Tan poco preparado
para vestir las ropas
de este mundo
y jugar la partida
con las cartas marcadas
como es ley
hasta el cielo rayuela.
Tan querubín llevado al lupanar,
tan espuma en la arena,
tan Fray Luis,
tan burbuja de nube,
tan aprendiz de semidios,
que desperté el vampiro
moribundo
dormido en mis entrañas
y tenté, insensato,
su codicia infinita.



UNA FARSA IMPIADOSA



Una farsa impiadosa
fue la escena montada
para que te entregara
lo más puro de mí.
Y palabras y gestos y caricias
de un oro espúreo, falso,
improvisaste
para que adormeciera
mi instinto de defensa.
Quise creer que aquella ceremonia
sería, eternamente,
un secreto sagrado entre los dos.
Pero no te bastaba
con la virginidad
de mi recuerdo.
Dejé mi yugular desprotegida
y me vampirizaste
para siempre.




EL TIEMPO HA MUERTO



Me sentaré a esperar
que cumplas mi deseo.
Arderás para mí
tarde o temprano.
No podrás escapar de tu destino.
Mi enemigo era el tiempo
cuando me asfixiaba
cada instante
de tu cruel resistencia
a entregarte a mi reino
con armas y bagajes.
Ahora sé
que no podrás huir
del filo de mis dientes
y el ansia que te inclina
a deshacerte
en el juego mortal
que te propongo.
Tu ausencia es apenas intervalo
que disfruto sabiendo
el color de horizonte
que brillará en tus ojos
cuando te sacrifiques
en mi fuego.
El tiempo ha muerto.
Tengo el poder ahora:
soy el vampiro insoslayable.





Mi Marilyn




I

Desde un balcón sin mar aquí en Copacabana
-apenas verdecido por sus manos-
pueden verse las casas más altas del morro Cantagalo
ruidosas de pagode domingos y feriados;
el cielo fluminense, nunca igual a sí mismo;
los fondos de una mansión carioca de otros tiempos
y cientos de janelas.
En todas ellas puedo leer novelas ejemplares:
cada pequeña vida es la historia del mundo en miniatura.
Pero, antes que nada, en primer plano,
un muro despintado hace las veces de pantalla
sobre la cual el proyector viajero de mis neuronas doidas
imprime las imágenes de un romance inconcluso.
Marisa Monte canta “Chocolate” a mi derecha
y describe la ironía de los años:
aquel cara careta,
a punto de subirse a su cincuentenario,
escribe ahora en el espacio entre las letras
que, según ella, le deja la maconha en el cerebro.


II


Ella de espaldas, cambiándose la blusa,
desvistiendo el tesoro de sus hombros de pájaro,
la curvada columna,
el perfil embriagante de sus pechos,
la nuca prodigiosa sobre la que mis dedos
tocarán algún día el concierto en mi bemol de la lujuria,
me promete en silencio, cerca del aeropuerto,
un exilio dichoso y un puñal placentero
que se hundirá en mi carne hasta besar mis huesos.


III


La guerrillera que duerme a la intemperie
con su mochila leve junto a los pies pequeños y ultrajados,
insolente, altanera, erguida, desafiante,
indócil, imprudente, desmedida, soberbia;
la nadadora contra la corriente,
con sus cabellos de mutantes colores
y esas manos nacidas para empuñar las armas,
se sube al escenario para ser violada
y entremostrar los magullones de su almita
tan frágil, ella, detrás de sus trincheras irredentas.


IV

Ella en las tardes de diagonal ochenta,
en un acuario entonces clandestino,
narrando con la gracia de un juglar
el prólogo, la prehistoria que la trajo hasta mí,
no por acaso sino por designio,
del modo en que la vida urde la trama.
Su risa, su risa inolvidable, bailando con la mía
sobre la pista que dibujan en el aire con aroma a café
las cicatrices de dos corazones
que se reencuentran después de un cautiverio
que duró lo que miden varias generaciones.


V

La princesita primogénita de Pringles,
el capricho dilecto de aquel conservador
que se bebió la vida demasiado de prisa.
La heredera del trono
obligada de pronto a asumir un mandato,
a dejar sus muñecas, sus músicas, sus ensueños románticos,
su breve adolescencia,
para enterrar el cuerpo de su padre y cuidar de la tribu,
se entibia ahora en la tarde platense
a la sombra de un árbol centenario,
frente a las fauces de las fuerzas del orden,
y se abre para mí,
para el ansia deseosa de mi lengua
que penetra su boca misteriosa
donde los jugos más sabrosos de la tierra se mixturan.
Se desarma, se desviste, se descalza,
se relaja, se expande, se olvida, se acurruca,
y, después de ese beso interminable,
sus ojos y sus manos, en un lento alejarse,
dibujan la promesa del paraíso eterno.


VI


Escribo ahora desde la tarde diáfana,
bebiendo agua de coco,
sentado en las ondas blanquinegras del calzadón de Copa.
El sol arde en los cuerpos encremados y en la arena
pero el mar está frío, turbulento, ceniza,
Olor a peixe frito, a camarón,
a choclo, a pororó, a sudor penetrante,
a limón, a alho-oleo, a yerbita, a café.
(Mi expreso cotidiano se enfría inexorable
mientras busco palabras como piedras preciosas).
Miro a lo lejos y contemplo el fuerte
detrás del cual la piedra de Arpoador
sostiene la sonrisa de Amy Irving
que se arroja a las aguas encrespadas
para cruzar a nado hasta Leblón y el morro Vidigal.
Otra vez Marisa Monte me distrae:
“Deixa eu dizer que te amo
Deixa eu pensar en vocé
Isso me acalma me acolhe a alma
Isso me ajuda a viver”.
¿Me hospeda el alma?, ¿me guarece el alma?, ¿me la alberga?
Tan solo ella podría decidirlo
desde mi corazón atribulado.


VII


En albergues o automóviles franceses
que se mecen al ritmo de la carne caliente,
de pie en una cocina que se pinta de rojo,
en lo hondo del bosque o camino del río,
en la afiebrada cama que alza vuelo en la casa materna,
ella y yo repetimos la antigua ceremonia
como dos animales fabulosos
que se incendian olvidados del mundo,
como fieras sedientas que se beben el agua salina de los cuerpos,
como reptiles que se quedan sin aire en el abrazo,
como bestias que se huelen despacio
y se emborrachan con el olor del otro,
como una nueva especie que se gesta de pronto
desde la comunión sagrada de dos seres.
¿Es un reencuentro, entonces, después de un cautiverio?
¿Es una antigua cita entre dos almas
que fueron separadas hace siglos?


VIII


Una excursión al corazón secreto del placer
en el invierno marplatense
(...ay ciudad del verano que nunca me embelsa
como cuando el frío la enjoya de glamour...)
para arder sin testigos, sin tiempo, sin intrusos,
y escalar hasta la cima de la entrega.
“¿Lo querías? Es tuyo...”
me dice, me grita, me susurra,
y me voy mansamente,
me exilio de mi cuerpo para entrar en el éxtasis del aire.


IX


Y hablar hasta que el sueño vence.
Inventar un dialecto privadísimo
para nombrar las cosas y los seres
como si fuera la primera vez.
Enumerar heridas invisibles.
Sentir la mano tibia del amante sobre la carne viva.
Apagar las distancias a obstinada negación del silencio.
Matar la soledad.


X


No hay nada como verla en trance
frente al brillo nocturno de mis ojos azules
cuando la observo caminar por la arena
buscando la escollera donde rompen las olas
y se bate la espuma.
Nada como mirarla prender un cigarrillo
como si fuera Marilyn
y musitar con su aire de muñeca lujosa:
“si vamos a beber, que sea champagne...”
Ese gesto de reina destronada que recuerda su estirpe
apenas con los párpados, los pómulos,
o un leve movimiento
de los labios que clausura el pasado.
Esa manera suya
de hurgar en las vidrieras de todos los mercados de la tierra
y elegir indefectiblemente la piedra más preciada
como un diamante puro entre los desperdicios.
La gentil elegancia con que ilumina el mundo cuando pasa.
Ella que ensaya ahora su primera verónica galante.
Deja que el toro embravecido se acerque hasta su cerco áureo,
alimenta la hoguera en que su sangre hierve,
y, en el instante exacto,
desplaza el manto rojo del deseo
con su gracia torera y su cintura experta.
“Querido: la fiesta ha terminado.
El juego ha sido hermoso
y mis pechos recordarán el hambre de tu boca.
Los huecos de mi cuerpo que tus manos enormes descubrieron
guardarán el aroma de estos días para siempre.
Pero hasta aquí llegamos.
No puedo ya pensarte en otra cama
ni imaginar la forma en que otra piel se roza con la tuya.
¿Soy egoísta, posesiva, loca, terrorista?
Pues bien: esa soy yo, me tomas o me dejas”.


XI


Qué ganas de llorar
en esta tarde gris.
En su repiquetear
la lluvia habla de ti.
Hay días en los que sólo un tango triste se acomoda en el alma
por más que la ciudad maravillosa nos invite
a estallar en la fiesta.
En los botiquines de los morros
rolan cerveza y reina a discreción.
Miles de dedos batuquean en las ruedas de samba.
Las cabrochas alegres prueban sus fantasías.
Las pasistas ensayan su penúltima acrobacia.
La Navidad se anuncia en los barracos.
En el teatro flotante que navega
de Río a Niteroi,
un elenco de jóvenes actores representa una tragedia griega:
“el amor es invencible en las batallas”, dijo Sófocles.
En prosa y verso aturden las conversas en los bares
de la travessa dos poetas frente al Municipal.
Hay baile de salón en el Cordao da Bola Preta
Y Beth Carvallo homenajea a Nelson Cavalquinho
en un sótano todo en verde y rosa.
Pero yo sólo escucho un bandoneón
sombrío en mis arterias
y recuerdo una estrofa de Noel:
“Quando eu morrer,
nao quero choro nem vela,
quero una fita amarela
gravada con o nome de ela”.


XII


Se sienta frente a frente con la otra
y anuncia que la batalla ha comenzado,
con la hidalguía de los viejos guerreros que eluden
la deshonra del ataque a traición.
“Amo a ese hombre y pelearé por él”
argumenta con la sencilla lógica de su sangre italiana.
Nunca una gladiadora de su altura
salió a la arena con armas más hermosas.
Jamás brilló una espada con tanta transparencia
ni se oyó en el Olimpo una historia más bella.


XIII


Allí está ella ahora con su melena de oro
caminando a mi lado por la Plaza Moreno fascinada
por los tanguitos reos que le canto
y que la llevan sin escala a la infancia,
a su niñez del sur, a la casa paterna,
al edén que duerme en su memoria.
Allí estará ella eternamente:
en la lágrima-perla que rueda por su rostro
cuando lee el retrato de Maú
y siente que por fin
alguien consigue atravesar la linea Maginot,
correr el velo que oculta su tesoro,
comprender su miedo atroz a la locura
y acariciar sonriendo su dolor ancestral.


XIV


Ella se llama ahora con un nombre secreto
y resplandece como una marquesina en el desierto.
Un nombre agudo, brillante, estilizado,
cuyo filo atraviesa la yugular del sueño.
La busco en las guaridas más altas de la noche.
La persigo como a un ciervo que huye.
La estudio en sus mil y una maneras de jugar en el mundo.
La leo como a un mapa de las islas perdidas,
como a una enciclopedia del alma femenina.
Quiero fijar esas proteicas formas
en imágenes claras, en retratos certeros,
pero incesantemente se me escapa.
La nombro entonces con el puñal de las tres letras
para tenerla para siempre en mi piel.


XV


Ella, como artesana que pule las facetas del cristal,
cincela mis aristas sobre la piedra en bruto.
Se ríe a carcajadas de mis contradicciones.
Se enternece cuando asoma la criatura
desde las fauces mismas de la bestia.
Se rebela con furia cuando niego la verdad evidente.
Se desvela en las noches
por mi respiración entrecortada.


XVI


Desde el Santos Dumont,
en el margen carioca de la bahía de Guanabara,
mi avión decola en dirección al sur,
se inclina a la derecha para decirle adiós
a los veleros en Marina da Gloria,
y describe una curva en semicírculo
igual a la que forma el mar sobre la playa,
la línea de edificios paralela a la avanzada de los morros,
y las luces que se encienden y se apagan.
Así vió Caetano lo que ella llama ahora “esa ciudad maldita”.
Así la veo hoy:
como una gargantilla de brillantes
que se ciñe sobre el cuello marino,
como una ofrenda que los vastos suburbios le hacen a Yemanyá,
como una inmensa tela surreal en la que estallan
los colores de la vida y de la muerte.
Ahora que llueven sobre mí
los helados aceros de la ausencia,
quisiera, como madame Satá,
un cuerpo inexpugnable y un alma guarnecida.


XVII


Ella ahora en el faro que divide los mares,
piedra de Mascaró, arena gruesa
donde los pescadores limpian su cosecha,
cielo de La Paloma, bosquecito,
espumoso cortado de la tarde,
y ese quincho uruguayo que soñamos para nuestro refugio.
La intrépida tigresa
que oye rugir al ogro destemplado,
que ve los ojos rojos de la bestia
cuando el azar se niega y el marfil escapa de sus manos,
acaricia en la noche la enfebrecida frente del amado.


XVIII


Y antes, y después, Montevideo.
La ciudad junto a un mar que no lo es,
y sin embargo sí,
cuando pardos y negros descienden del suburbio
para homenajear a Yemanyá
cuya estatua pintada de celeste
lleva la firma de un verso de Molina.
Frente a Playa Ramirez,
junto al Parque Rodó,
en la ventana del antiguo hotel,
ella y yo abrazados para siempre
guardando ese paisaje en la memoria de un amor insensato.


XIX


Ella se pierde por las transversales de Tristán Narvaja
excitada como una muchacha entre las chucherías.
Su paraíso es una feria interminable
con tesoros secretos escondidos en las tiendas más simples.
Después la ciudad vieja, gardeliana,
la de Isidore Ducasse, la de Delmira,
la de Figari y Onetti y Felisberto,
y por fin el Mercado,
con sus papas al plomo, sus pamplonas,
su bullicio de tambores y guitarras,
sus sobremesas cargadas de candombe
y el medio y medio que se sube a sus ojos con un brillo
que atraviesa como un dardo mi alma.


XX


¡Ay Río de la Plata,
melancólica cuenca que me nombra su nombre
en las amplias ventanas de Pocitos,
en los cañones sobre el empedrado
que custodian la entrada a la Colonia,
en las glorietas de Costanera Sur,
en la selva final de Punta Lara,
en el vapor que une las dos orillas,
en los veleros que dibujan sus sueños sobre las aguas grises!


XXI


Mañana, allá en el sur, me aguardará la Patria.
La tierrita querida devastada,
sumergida, exangüe, recorrida de una punta a la otra
por los cuatro jinetes tenebrosos.
¿Podré ver con mis ojos
la llegada de la hora de los justos
a ese confín del mundo dónde canta el zorzal
y la tarde se inclina entre sollozos?
Sólo sé que mañana me esperarán mis hijos,
las estrellas más claras de ese cielo argentino,
mi madre, mis hermanos de sangre y elección,
los valsecitos criollos,
las guitarras que lloran en la noche,
la leña ardiendo en el fogón del fondo,
el roble, la magnolia, el rosal, la glicina,
la azalea, el aromo, las palmeras,
el limonero en flor,
los trapos rojos ondeando en la visera
(orgullo nacional que será siempre)
y las calles porteñas,
callecitas pobladas de poesía,
donde lloré una tarde el primer desengaño.


XXII


Ella temblando ahora de frente al Malecón,
en los jardines del Hotel Nacional,
mecida por los sones de unas lágrimas negras,
escultura de un sueño caribeño
que se desmaya por los callejones de La Habana vieja.
Un bolero romántico, meloso,
nos envuelve de amor allá en la Bodeguita
y el daiquiri del gigante suicida
nos calienta la sangre entre luces de vela.
Y esa niña habanera
que nos sigue por las calles del Vedado
hasta hacer florecer en sus entrañas
la semilla de la madre universal.


XXIII


No encuentra ella manera de evitar
la descarada seducción que desparrama
de solo presentarse frente al mundo
erguida, libre, leve,
plantada en su dos pies,
con ese aura de princesa encantada.
El perfume a batalla sin respiros
que nace de la unión de sus aromas exquisitos
baila a su alrededor
y despierta pasiones encendidas,
Ella, almita en celo
que agita con sus ojos las uvas del deseo,
cocina a fuego lento la cena del amor
y se viste de fiesta para la ceremonia.
Amazona sublime
que cabalga mezclando sus sudores con los de su corcel
y gobierna la danza de los cuerpos rendidos
hasta estallar en el aullido mutuo.
y tatuar en la piel de nuestras soledades
un verso para la eternidad.


XXIV


Ahora estoy viajando por los verdes
que rodean a la casa amarilla.
Escucho los sonidos del viento en el ramaje
o en cañas y metales y cristales
que ella supo ubicar para las siestas
bajo ese toldo espeso de glicinas
(mi lugar en el mundo).
Fumo con parsimonia un parisién
Y espero que suene ese teléfono.
¡Qué bien vendría un matecito amargo para entibiar la tarde!
La busco en vano en sus lugares predilectos
y ella juega a aparecer junto a las cosas:
en una librería de París con el Corto Maltés,
en los manjares de la Zi Teresa en el puerto de Nápoles,
entre los papagayos caribeños
y granadinas castañuelas gitanas
que guardan el rumor del Sacromonte,
en los proverbios en dialecto de Sicilia
y en el orden secreto que reina en los objetos.
Los perros, echados a la sombra,
parecen aguardar sus manos tibias.
Cobra coral
(meu extraño amor)
está cantando para mí desde tan lejos,
pero tan claramente
como esos coros cadenciosos que ondean
sobre las playas limpias de la vida.
Todo lo que fue y será
se mece mansamente en el aire
denso como la historia de este romance antigüo.


XXV


Ahora que me alcanza la luz crepuscular
y un impiadoso invierno muerde el alma
una tras otra se me imponen
las instantáneas de su gracia infinita:
allí está ella bailando junto al Támesis,
empapada de amor en Pêre Lachaise,
muñeca brava en las alturas célticas,
chula en Granada, rebelde en Cataluña,
sultana de la Alhambra,
misteriosa pasajera veneciana,
madama en lupanares de Pompeya,
y diosa del Olimpo en Taormina.


XXVI


Y después el Arraial bahiano
exhuberante edén donde la reina de los mares
la convocó para borrar con lágrimas
tantas horas de ficción o desencanto
y mostrarle en el espejo de las aguas
su belleza esencial
de criatura criolla,
de princesa plebeya iluminada.
En terrazas floridas que se asoman
a esos arrecifes tropicales
la luna roja regó nuestro reencuentro.
Pasajera de nieve que me hechizó
una noche en los mandalas
para que el niño que llevo se extasiara
con la coreagrafía de los astros
bajo el cielo más cielo que haya visto.


XXVII


Tocamos con los dedos la locura
en la esquina del mundo.
Un viaje sin escalas hacia lo más oscuro
en el que se quedaron pedazos de nosotros.
Pero también llegamos a puertos imposibles
como esa madrugada en Río da Barra
cuando ella fue testigo silencioso
de mi conversación con las estrellas.
Y comprendimos definitivamente
la antiquísima estirpe de este amor
que perdura en la historia
como una melodía inolvidable.



XXVIII


Una danza de fuego entre dos almas
que no saben de pasado o futuro
y viven en un presente eterno
de amante intensidad.
Por eso Maú es mi Marylin,
mi muñequita loca,
dama de corazones de mi sangre.